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En el 2000, cuando empezó a extenderse el uso de los teléfonos móviles y, por ende, de los mensajes de texto, Lucrecia, una amiga mía, nos propuso crear cuentos SMS.
Estos mini relatos tenían que tener 160 caracteres justos, incluidos espacios y signos de puntuación, el máximo permitido por los SMS. La temática era libre, y ella incluso hizo una obra de teatro en tres actos que medía 160 caracteres.
Fue muy divertido. Aquí os dejo unos pocos de los que escribí yo.
El regalo
Los Reyes le trajeron a la pequeña Beatriz un precioso cachorro de pastor alemán. Todo fue bien hasta que, cuando se durmió, ella trató de ponerle pilas nuevas.
Judas
-De acuerdo, yo os entrego al Nazareno y vosotros me pagáis 30 monedas y me proporcionáis una nueva identidad… Podéis decir que me he suicidado, o algo así…
Los deseos
Padre Sol ofreció a sus nueve hijos lo que más deseasen: brillar, ser misteriosos, tener anillos, cinturones… Pero todos rieron cuando Tierra sólo pidió agua.
Propaganda
¡Jefe! ¿Recuerda que me pidió que trabajase en un nuevo sistema para poder manipular más eficazmente la información? ¡He dado con ello y lo he llamado Internet!
Mi gato
Mi gato se enamoró de una preciosidad con pedigree que vivía en el portal de al lado. Descubrió que era imposible cuando ella, ladrando, le seccionó la yugular.
Relato basado el cuadro “El Beso” de Toulouse-Lautrec

Siempre se le hacía extraño. Siempre recordaba cuando entró a trabajar allí como bailarina, sin imaginar en ningún momento que acabaría ganando la mayoría de su sueldo de aquella forma. Ni siquiera lo supuso cuando sus compañeras le explicaron que, en aquel local, lo mejor era ser “muy amable” con los clientes.
No se quejaba. No, en absoluto. La pagaban bien por aquellos favores y ya hacía años que había vencido la repugnancia inicial. Mientras bailaba se fijaba en los clientes de aspecto más opulento o, como aquella vez, en algunos hijos de papa que se escapaban por las noches, después de hurgar adecuadamente en la cartera paterna. Les miraba fijamente y se movía para ellos; pocos eran los que rechazaban tan clara invitación. Y después de esa sensación de extrañeza inicial en un rato todo había terminado; sólo que ella tenía unos cuantos francos más en su bolsillo. Era una forma de vivir como otra cualquiera; desde luego mejor que hacerlo del mísero sueldo que le pagaban en el local. Así vivía con un cierto desahogo, permitiéndose pagarse algún que otro capricho.
Tampoco tenía grandes aspiraciones: era una bailarina mediocre y no soñaba con triunfar en cabarets de alguna importancia, como la mayoría de sus compañeras de profesión. En ese sentido se consideraba más realista que ellas.
De hecho, la única cosa que le gustaría borrar de su modesta vida era esa maldita sensación de extrañeza.