5 de Julio de 2005 | 1:38

Relato basado el cuadro “El Beso” de Toulouse-Lautrec

Siempre se le hacía extraño. Siempre recordaba cuando entró a trabajar allí como bailarina, sin imaginar en ningún momento que acabaría ganando la mayoría de su sueldo de aquella forma. Ni siquiera lo supuso cuando sus compañeras le explicaron que, en aquel local, lo mejor era ser “muy amable” con los clientes.

No se quejaba. No, en absoluto. La pagaban bien por aquellos favores y ya hacía años que había vencido la repugnancia inicial. Mientras bailaba se fijaba en los clientes de aspecto más opulento o, como aquella vez, en algunos hijos de papa que se escapaban por las noches, después de hurgar adecuadamente en la cartera paterna. Les miraba fijamente y se movía para ellos; pocos eran los que rechazaban tan clara invitación. Y después de esa sensación de extrañeza inicial en un rato todo había terminado; sólo que ella tenía unos cuantos francos más en su bolsillo. Era una forma de vivir como otra cualquiera; desde luego mejor que hacerlo del mísero sueldo que le pagaban en el local. Así vivía con un cierto desahogo, permitiéndose pagarse algún que otro capricho.

Tampoco tenía grandes aspiraciones: era una bailarina mediocre y no soñaba con triunfar en cabarets de alguna importancia, como la mayoría de sus compañeras de profesión. En ese sentido se consideraba más realista que ellas.

De hecho, la única cosa que le gustaría borrar de su modesta vida era esa maldita sensación de extrañeza.

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