19 de Octubre de 2005 | 14:26

En Noviembre de 1940 el puente colgante de Tacoma pasó a la historia cuando, azotado por un viento no muy fuerte (sólo 68 Km/h.), empezó a retorcerse y bambolearse (ver vídeo) y acabó desplomándose. Asombrados por este fenómeno, le encargaron la investigación de las causas a un renombrado especialista en mecánica de fluidos, Theodore von Karman, que encontró una curiosa explicación al suceso; la resonancia.

Ahí va la explicación para dummies de lo que es la resonancia. El que quiera saber algo más, puede leer aquí un par de definiciones sacadas de Encarta.

Imaginemos un péndulo de un reloj que oscila una vez cada dos segundos. Su frecuencia sería pues de 0,5 Hercios.

Hay que decir que cada cuerpo tiene una frecuencia natural, que es precisamente a la que resonaría. Por ejemplo: la frecuencia natural de un diapasón es de 440 Hz, o lo que es lo mismo, la nota La. Si tocásemos un La cerca de un diapasón, este entraría en resonancia y comenzaría a vibrar. Eso no ocurriría si hiciésemos sonar otras notas.

Este fenómeno permite hacer cosas tan curiosas como romper copas “cantando” o tocando una nota. En contra de lo que se piensa, la ruptura del vidrio no ocurre debido al volumen del sonido emitido, sino precisamente debido a que el cantante emite un sonido igual a la frecuencia natural de la copa de cristal, entrando en resonancia y haciéndola vibrar más allá de su nivel estable.

Pero también causa desastres tan graves como los efectos del sónar LFAS sobre las ballenas, que causan tal vibración en las cavidades de su cuerpo (traquea, mandíbulas, espacios craneales y otros órganos) que llega a provocarles graves hemorragias internas y, en muchos casos, mortales.

Es sorprendente que a la hora de calcular estructuras de edificios o puentes se tengan en cuenta su frecuencia natural de manera que, por una parte, no peligre su estabilidad debido a corrientes de aire u otros fenómenos y, por otra, no tenga una frecuencia que pueda hacer que los seres humanos que estén en ellos sientan ataques de pánico.

Efectivamente, al igual que pasa con las ballenas, existen sonidos que hacen resonar ciertas partes del cuerpo humano, causando diferentes efectos en él. Se sabe que algunos sonidos no audibles (infrasonidos) pueden provocar, dependiendo de su frecuencia, efectos fisiológicos tales como mareos y nauseas, hemorragias internas, pérdida de visión, dificultad en el habla… Aquí tenéis una página con más detalles a este respecto. Por ejemplo, la frecuencia de 7 Hz tiene el curioso efecto de hacer complemente imposible concentrarse o realizar cualquier trabajo intelectual, posiblemente resonando de alguna forma con las células del cerebro.

La repercusión de todo esto la dejo a vuestra imaginación. ¿Podremos en un futuro luchar contra los virus haciéndolos resonar hasta que se desintegren? ¿Inventarán una nueva arma de destrucción masiva que nos licue el cerebro mediante ultrasonidos, como a los alienígenas de Mars Attacks? ¿Podremos poner un emisor de ondas que haga vibrar nuestro cerebro a la misma frecuencia que usamos para pensar, haciéndonos mucho más listos? Seguro que pronto lo sabremos.

¿Quieres morder el anzuelo?

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